COLEGIO DE ESPECIALISTAS FORENSES A.C.
   
 
  Avánces tecnológicos



SISTEMA INTEGRADO DE IDENTIFICACIÓN BALÍSTICA (IBIS)

Realizar estudios balísticos es una de las actividades más antiguas en materia criminalística. Allí se realiza el análisis de las diversas clases de armas, de las distancias de disparo, de los proyectiles, de vainillas, de proveedores y de accesorios tales como la mira telescópica, silenciadores, infrarrojos, entre otros.

                        

El Sistema Integrado de Identificación Balística (Ibis) almacena las señales de las imágenes identificativas de proyectiles disparados y vainillas percutidas en armas de fuego originales.

Guarda, también, información relacionada con proyectiles, vainillas, armas de fuego y lugar de los hechos (fecha, hora, sitio)
Los elementos a estudiar en al área de "balística forense" con la ayuda del Sistema Ibis, son los hallados en el lugar de los hechos, los proyectiles recuperados del cuerpo de la víctima en el proceso de necropsia o de la intervención quirúrgica.

 

 

          


Son analizadas, además, las vainillas y proyectiles obtenidos como patrón de las armas de fuego incautadas y empleadas para la comisión de delitos.

Una vez es recogida la muestra, ésta es sometida a análisis macroscópicos y microscópicos con el fin de determinar las características propias del arma utilizada. "Cuando hay un disparo, en la vainilla y en proyectil quedan marcas que a simple vista no son perceptibles, pero microscópicamente sí. Cada arma deja unas señales particulares y son únicas, así como la huella digital en los humanos".

Cotejo de proyectiles

Además de individualizar cada vainilla y proyectil, el equipo de balística asesora y analiza pruebas de blindajes en oficinas, casa, vehículos y corporales como los chalecos.

Es posible, reconstruir la trayectoria de un proyectil en el lugar del suceso. "Hay casos en donde es necesaria de nuestra asesoría al fiscal del caso, para determinar si las versiones de los testigos concuerdan con los estudios de trayectoria y balísticos, y determinar, si las versiones son probables".


Fuente: criminalística colombia


                                    I B I S 

¿Cuál es el objetivo?

Buscar correlación entre proyectiles y vainillas de hechos ocurridos en diferentes circunstancias de modo, tiempo y lugar, en los cuales se hayan utilizado las mismas armas de fuego.

 

¿Qué almacena?

Señales identificativas de proyectiles disparados y vainillas percutidas en armas de fuego originales. Información relacionada con proyectiles, vainillas, armas de fuego y lugar de los hechos (fecha, hora, sitio, etc.)

 

¿Qué tipo de proyectiles y vainillas se almacenan en el sistema?

Los hallados en la escena, a los cuales se les haya realizado un estudio balístico y que reúnan los requisitos mínimos de identificación. Los proyectiles recuperados del cuerpo de la víctima en el proceso de necropsia o de la intervención quirúrgica, que previo estudio balístico reúnan las características mínimas de identificación. Las vainillas y proyectiles obtenidos como patrón, de las armas de fuego incautadas y empleadas para la comisión de hechos punibles, previo estudio balístico realizado en alguno de los laboratorios de balística.

 

Requisitos previos para la inclusión en IBIS 

Los proyectiles, vainillas y armas de fuego, cuya información se desea ingresar al sistema IBIS, deben ser estudiados previamente por un laboratorio de balística. El laboratorio de balística seleccionará los proyectiles y vainillas técnicamente aptos para la inclusión. El laboratorio de balística tramitará la solicitud de ingreso de los elementos a IBIS, enviando el formato, información y elementos seleccionados a una de las estaciones IBIS.

 

¿Qué elementos no se incorporan al sistema?

fabricación artesanal o hechiza. Proyectiles disparados por armas de fuego de cañón poligonal. Proyectiles y vainillas a los cuales no se les haya realizado el estudio balístico. Proyectiles disparados en escopetas. Proyectiles y vainillas patrones de armas de fuego que no hayan sido obtenidos por peritos balísticos. Proyectiles y vainillas que previo concepto de un laboratorio de balística forense, no posean superficie apta para estudio de cotejo y captura en la base ibis. Proyectiles y vainillas obtenidos como patrones disparados en armas de fuego que no estén relacionados con infracciones a las normas legales. Proyectiles y vainillas de casos ocurridos con anterioridad a la instalación y apertura del servicio IBIS colombiano y cuya relación con casos sucedidos con posterioridad no este plenamente sustentada. 
                                                         


A la luz de los hechos
 
Si tiene en mente cometer un crimen, piénselo antes dos veces. Policía y forenses disponen de armas cada vez más eficaces y precisas para buscar, encontrar y atrapar al autor del delito
 
Por Enrique M. Coperías
 
 
Si en el estado de Michigan existiera la pena capital, Eddie Joe Lloyd habría pasado a mejor vida hace mucho tiempo. El 26 de agosto de 2002, este hombre de 54 años afectado por una deficiencia mental, salió de la cárcel tras 17 años de cautiverio por un delito que no había cometido: la brutal violación y asesinato de Michelle Jackson, una adolescente de 16 años que desapareció cuando se dirigía al instituto. 
Alarmados, los ciudadanos de Detroit querían un culpable y la policía se lo puso en bandeja. A pesar de la ausencia de evidencias físicas, Lloyd fue condenado en lograron arrancarle en comisaría en una época en la cual el acusado estaba ingresado en un centro psiquiátrico. Pero ahora, su ADN le ha exonerado. El análisis genético de restos biológicos hallados en los objetos empleados por el asesino para agredir y estrangular a la joven, entre los que figuran unos calzones largos y una botella, no dejan lugar a la duda: Lloyd no la mató. “Si Michelle Jackson hubiera podido hablar desde su tumba, habría dicho a todo el mundo que Eddie Lloyd no lo hizo”, dijo entre lágrimas nada más abandonar la prisión.
En palabras de Barry Scheck, codirector del Innocence Proyect en la Facultad de Leyes Cardoza, de Nueva York, este pobre perturbado hace el número 110 de la lista de convictos que han sido liberados en Estados Unidos gracias a los análisis genéticos.
 
Técnicas de imagen médica permiten seguir la trayectoria de la bala
 
Esta organización ha ayudado a 95 personas a demostrar, mediante pruebas de ADN, que estaban encarceladas injustamente; y diez de ellas aguardaban la ejecución en el corredor de la muerte. “El ADN de Lloyd no coincidía con ninguna de las 50.000 huellas genéticas recogidas en los escenarios criminales ni con las tomadas a violadores y otros delincuentes peligrosos que se almacenan en la base informatizada de datos genéticos Combined DNA Index System o CODIS, del FBI. 
 Una inspección meticulosa. Una de las fases más importantes en cualquier investigación criminal es la inspección ocular del lugar de los hechos. A la derecha, la policía neoyorquina recoge muestras de sangre en un apartamento del Bronx, donde se ha cometido un asesinato relacionado con el consumo de crack. En el centro, forenses israelíes toman las huellas dactilares a un palestino muerto en un enfrentamiento con la policía. A la derecha, el marcaje con tiza de la posición en la que se encuentra un cadáver es de gran ayuda para los detectives.
 
Aparte de remediar terribles errores judiciales, la misma técnica genética también está permitiendo atrapar y condenar, dentro y fuera de Estados Unidos, a centenares de violadores y criminales que de otra forma aún seguirían cometiendo fechorías con total impunidad. Éste es el caso de Stephen Snowden, que fue arrestado en enero de 2000 por robar una botella de whisky en un supermercado de Londres. Como parte de su trabajo rutinario, la policía le tomó una muestra de saliva para incluir su huella genética en el mayor registro de ADN humano del mundo, que se guarda en los ordenadores del Servicio de Ciencia Forense (FSS) en un edificio cercano a Birmingham. El cotejo de su huella genética con el casi millón de perfiles genéticos del FSS, relacionaba a Snowden con la agresión sexual sin resolver perpetrada a una mujer en Cambridgeshire, en 1991. El robo de una botella de whisky le supuso una condena de 12 años por violación. No cabe duda de que las pruebas genéticas son, hoy por hoy, la estrella de la medicina forense. Pero no es la única. En el presente, científicos de todas las disciplinas salen en auxilio de la policía científica, que cuenta con técnicas e instrumentales cada vez más refinados para perseguir la delincuencia. Antropólogos, químicos, físicos, matemáticos, patólogos, ingenieros en informática, biólogos, psiquiatras, psicólogos, zoólogos y botánicos son algunos de los profesionales que han puesto sus conocimientos, experiencia y progresos científicos al servicio de la ciencia del crimen. Sin ir más lejos, las modernas técnicas de imagen médica, como la tomografía axial computerizada (TAC), la resonancia magnética nuclear (RMN) y la ecografía tridimensional (ET), permiten que los expertos en balística sigan el rastro de una bala por el cuerpo del cadáver, sin necesidad de levantar un centímetro de su piel. Y los microscopios electrónicos de última generación hacen que los antropólogos físicos estudien exhaustivamente los cortes, marcas y alteraciones de los huesos en los casos de desollamiento, descarnamiento o desarticulación protagonizados por un asesino en serie. 
 
 Presencia virtual en la sala de autopsia
 
Los avances en telemedicina hacen posible que el ayudante del fiscal asista en directo a una autopsia –izquierda- en el Instituto de Medicina Legal de St. Etienne (Francia). A la derecha, un antropólogo físico estudia el cráneo de un cadáver hallado en extrañas circunstancias. Esto permite, entre otras cosas, conocer el sexo y la edad de su dueño.
 
Cadáver sin nombre
 
Sobre estas líneas, el doctor Lorente y su hermano, Miguel, durante su estancia en la academia del FBI en Quantico (Virginia), en 1992. 
Hace tres años, el doctor José Antonio Lorente, profesor de la Universidad de Granada, puso en marcha el proyecto Fénix: un banco nacional de ADN sobre desaparecidos y familiares pionero en el mundo entero. Consta de dos bases de datos que se comparan automáticamente: la de referencia, que contiene el ADN mitocondrial (ADNm) facilitado por los familiares; y la llamada Database Questioned, que guarda el ADN de restos y cadáveres no identificados. Gracias al Fénix, se han podido cerrar hasta la fecha 16 crímenes, se han estudiado 160 restos óseos y se han tomado muestras genéticas a 236 familias con algún desaparecido, según el profesor Lorente.
 
 
La infografía forense reconstruye cómo sucedió el delito
 
Las técnicas infográficas de vanguardia se están aplicando por primera vez en la inspección ocular del escenario del delito, así como en las autopsias y la identificación de cadáveres y delincuentes. Mediante escáneres de alta resolución, la policía puede grabar en un potente ordenador portátil el cadáver en su posición original, las manchas de sangre, las huellas dactilares, los pelos y otras evidencias presentes en el lugar de los hechos. Luego, los inspectores recrean fidedignamente el escenario en un entorno virtual, respetando las leyes físicas y matemáticas de los cuerpos y objetos, para buscar pruebas que en primera instancia pudieron pasar desapercibidas o reproducir las diferentes hipótesis que explican cómo ocurrieron los acontecimientos.
 
Si Eugéne François Vidocq (1775-1857), el padre de la moderna criminalística, levantara la cabeza, se quedaría atónito ante los métodos de investigación de la policía y los forenses. Este ex convicto, fundador de la Sûreté francesa –la primera agencia de detectives del mundo–, introdujo en la ciencia del crimen muchos de los procedimientos seguidos aún hoy por los detectives y forenses. A sus órdenes trabajaron tanto policías como investigadores, médicos forenses, delincuentes y antiguos presidiarios. A todos ellos les instruyó en el arte del disfraz, la captación de informadores y soplones y el modus operandi de los criminales. Vidocq también fue pionero en incluir en la tarea detectivesca la grafología –el análisis de las firmas–, la identificación de huellas dactilares y la impresión en yeso de pies y zapatos. Por tus genes te atraparán
 
A principios de la década de los ochenta, Alec Jeffrey –izquierda–, de la Universidad de Leicester, en Inglaterra, puso a punto la llamada huella genética. En 1987 fue utilizada por primera vez para atrapar y condenar a Robert Melias, un violador. A la derecha, un grupo de genetistas examinan secuencias de ADN para el esclarecimiento de una caso de abuso sexual.
 
Mucho ha llovido desde el molde en yeso del calzado a la fabricación en polímero de un machete a partir de la herida dejada por un apuñalamiento. Hoy, los delincuentes operan cada vez con menor impunidad. Un cabello, una hebra de un jersey, la colilla de un cigarro e incluso una mancha de sudor pueden ser suficientes para que la policía científica resuelva un caso. “Si suda, no delinca”, se podrá aconsejar algún día de éstos a un delincuente en ciernes. Cada vez que tocamos o rozamos algo, dejamos un residuo casi invisible de proteínas, sales y ácidos grasos. Debido a que la composición precisa de estos compuestos varía de un individuo a otro, algunos forenses sospechan que cada persona tiene su propia huella dactilar química. ¿Ciencia ficción? No, en absoluto.
Durante la reunión de la Sociedad Americana de Química, que se celebró en Chicago en septiembre de 2001, el equipo liderado por Dale Perry, del Lawrence Berkeley National Laboratory, en California, aseguró que era capaz de analizar la composición de una mancha sudorosa de 0,001 centímetros. Esto es posible mediante un sincrotrón, acelerador de partículas que produce rayos de luz extremadamente intensos, la llamada radiación sincrotrón. Pues bien, cuando ésta se enfoca en una muestra biológica, las longitudes de onda que se absorben revelan su composición química.
 
Algunos de los asistentes a la reunión miraron perplejos a Perry. Hasta hoy, nadie sabe si nuestra huella grasienta es tan exclusiva como los dermatoglifos de la mano o la configuración del iris. En 1999, un estudio llevado a cabo por Gary Mong, del Pacific Northwest National Laboratory, en Richland (Washington) demostró que las marcas de sudor dejadas por 79 voluntarios se antojaban diferentes entre sí al ser sometidas a la prueba del cromatógrafo de gases. “Tengo la corazonada de que las manchas sudorosas pueden separarse por edad y sexo”, ha declarado Mong. Al hilo de esto, Perry señala que su método, varios cientos de veces más sensible que el de Mong, no destruye la huella dactilar y permite que luego sea estudiada por los forenses.
 
Cómo distinguir dos preservativos de marcas diferentes
 
Sin lugar a dudas, las técnicas cromatográficas, así como la espectrometría, han entrado en el laboratorio forense como un elefante en una cacharrería. Mediante estos auténticos sabuesos moleculares, los investigadores pueden olfatear sustancias en cantidades nimias, pero que resultan de enorme interés para resolver un delito. Los avances en este sentido son fabulosos. Por ejemplo, el forense Franco Tagliaro, de la Universidad del Sagrado Corazón, en Roma, señala que la llamada electroforesis de capilaridad está siendo usada por los expertos en balística para determinar la presencia de nitrato y nitrito en la piel del sospechoso. No hay que olvidar que estas sustancias son los principales residuos inorgánicos que quedan adheridos en la piel tras efectuar un disparo con un arma de fuego. ¡Abra esa boquita!
 
Un policía toma con un palillo de algodón una muestra de saliva de un joven. En Inglaterra, la policía puede confeccionar y archivar la huella genética de toda persona detenida, aunque luego demuestre su inocencia. Esta información genética es cotejada con las muestras de ADN –derecha– recogidas en el escenario de un delito. 
 
Por su parte, John Byrne, de la Universidad Tecnológica de Sydney, y Lindsay Spence, del Servicio Policial de Queensland, en Brisbane, están empleando el espectrómetro de masas para precisar con exactitud el origen de un folio empleado en una falsificación, la nota de un secuestrador u otro acto delictivo. A veces, el estudio de la estructura fibrosa o el color del papel, sobre todo si es blanco, resulta insuficiente para determinar su procedencia o cotejarlo con el hallado en la escena del delito, según los expertos.
La pareja de científicos australianos ha testado 23 elementos contenidos en 15 papeles procedentes de distintas partes del mundo. Con su refinado espectrómetro de masas, han logrado detectar y determinar la concentración de nueve de estos elementos. Es más, Byrne y Spence aseguran que sólo necesitan la presencia de dos –el estroncio y el manganeso– y en una concentración de tan solo 60 partes por mil millones, para identificar cada tipo de papel . En una labor similar andan enfrascados otros investigadores australianos, pero en esta ocasión el objeto de estudio no son los folios, sino los condones.
 
En ciertos casos de agresión sexual, el violador abandona el preservativo usado en la escena del crimen. Pero para desgracia de la policía, puede que no contenga restos de semen, pues no todos los agresores sexuales eyaculan. Es más, aún atrapando al delincuente con preservativos en los bolsillos, no resulta nada sencillo determinar si el usado en la violación y el aprehendido al sospechoso son de la misma marca. Desde ya, esto sí es factible. Garry Lee, Kari Brinch y sus colegas de la Universidad Tecnológica de Sydney han puesto a punto lo que denominan una huella dactilar del preservativo. En un estudio presentado hace dos años a la comunidad forense, los científicos australianos afirmaban que eran capaces de identificar 29 de 38 condones comercializados en su país. Para diferenciarlos, analizaron su estructura molecular mediante la espectroscopia de resonancia magnética nuclear (NMR). En esta técnica, la muestra de condón es colocada en un campo magnético y bombardeada con ondas de radio que sacan a la luz los compuestos químicos presentes. “A simple vista, el Passion Regular y el Saturn Regular parecen el mismo preservativo, pero los diferencias inmediatamente con la MNR”, dice Lee, que apuesta porque en un futuro no muy lejano se pueda identificar un condón solamente por su espectro NMR, introduciendo un palillo de algodón en la vagina de la víctima. Que nada se pase por alto
 
Una agente de la policía científica (izquierda) examina una prenda para buscar indicios que conduzcan al delincuente. Detectar una fibra sintética, una mancha de sangre o granos de polen, es un buen comienzo. A la derecha, una investigadora compara dos muestras de cabello.
 
“Cada vez vemos más actos criminales caracterizados por su violencia, con una notable desproporción de fuerzas entre la víctima y el agresor, y por la utilización de instrumentos y armas que hacen que las evidencias o indicios dejados en el lugar de los hechos por el autor o los autores sean mínimos”, dice el doctor José Antonio Lorente, director del laboratorio de ADN de la Universidad de Granada. Pero como señala este experto, que dirige la primera base genética de personas desaparecidas del mundo, “paralelamente hemos asistido a un desarrollo científico que ha facilitado la aplicación de nuevas tecnologías que han ido profundizando en su capacidad identificadora sobre indicios más pequeños.” 
 
Lodos delatores
 
Las manchas de barro adheridas a la suela de una bota dicen muchas cosas a los detectives. Por ejemplo, su composición química –que puede obtenerse con precisión en un espectrómetro de masas– permite situar a su dueño en un lugar determinado. Lo mismo puede decirse de la presencia de virutas y determinadas hojas, ramitas, semillas y otros restos vegetales. En la imagen inferior, un policía revela las huellas latentes o invisibles presentes en un papel. Para ello, aplica vapores de yodo metálico, que reaccionan con la grasa de la huella dactilar. Ésta adquiere entonces un color ocre o amarillento.
 
Sin miedo a equívocos, el máximo exponente actual en la investigación criminal y forense es la mencionada tecnología del ADN. Ésta fue utilizada por primera vez en 1985 por el investigador Alec Jeffreys, de la Universidad de Leicester, para la resolución de un caso de inmigración de una joven de Ghana. Pendiente de un hilo.
 
Con la ayuda de un microscopio electrónico de barrido, que ofrece imágenes en tres dimensiones, un policía del Departamento de Investigación Criminal Federal, en Alemania, estudia el punto de fractura del hilo de una bombilla del faro delantero de un coche, para determinar si se incendió en un accidente de tráfico. 
 
De ladrón de supermercados a acusado por agresión sexual
 
Dos años más tarde, las pruebas genéticas permitieron identificar a Robert Milias, un peón de Bristol de 32 años de edad, como autor de una agresión sexual a una mujer enferma de polio, y culpar a Nigel Davis del llamado caso del condado de Leicestershire, en el que fueron violadas y asesinadas dos mujeres, en 1983 y 1985, y donde las pruebas serológicas convencionales fallaron a la hora de identificar al agresor.
 
Desde entonces, la genética forense ha experimentado un desarrollo meteórico: en Estados Unidos se ha solicitado la prueba genética en más de mil casos policiales. Hoy, la policía puede obtener un perfil genético del criminal a partir de pequeños indicios biológicos –una mancha de semen, una gota de sangre, un cabello – encontrados en la escena del delito. Eso es posible mediante la reacción en cadena de la polimeraza (PCR), una técnica desarrollada por Kary Mullis en 1987 que permite obtener millares de copias a partir de un fragmento de ADN incluso parcialmente degradado.
 
Para fabricar la huella dactilar de ADN –una especie de DNI molecular– del sospechoso, los genetistas eligen unas regiones de la molécula hereditaria altamente variables en la población y cuya función específica es desconocida en la actualidad, aunque se sabe que no contienen genes. Se trata de los llamados polimorfismos en la longitud de los fragmentos de restricción (RFLP). Dicho de una forma sencilla, si las secuencias de estos fragmentos de ADN del detenido se solapan con las del hallado en la escena del crimen, el caso puede cerrarse. Sólo hay una probabilidad entre 37 millones de que dos personas tengan idénticas las seis RFLPs seleccionadas en la prueba. Para su infortunio, Raymond Easton, un constructor de Swindon, en Inglaterra, cumplió la estadística. En 1999, tras una riña doméstica, la policía confeccionó la huella genética de Easton. Tres años después, los ordenadores de Scotland Yard la identificaban con el ADN recogido de una mancha de sangre en un caso de homicidio. Pero para entonces, Easton sufría la enfermedad de Parkinson y era incapaz de ponerse los pantalones sin ayuda.
 
Contra los crímenes de la naturaleza
 
 
Los análisis genéticos permiten a los veterinarios controlar la viabilidad y conservación de algunas especies, como esta tortuga de las Galápagos. 
El único laboratorio forense dedicado a la vida salvaje se halla en Ashland, Oregon (EE UU). Allí, un equipo de científicos a las órdenes de Ken Goddard, persiguen desde 1987 los delitos ecológicos, como el comercio ilegal de especies protegidas o productos obtenidos a partir de ellas. Mediante análisis del ADN mitocondrial, por ejemplo, han logrado abortar la importación ilegal de caviar procedente de especies protegidas de esturión. Ésta técnica también ha permitido a agentes del Servicio de Ciencia Forense (FSS) requisar una partida de medicinas chinas que contenían hueso en polvo de tigre.
 
La polémica no se hizo esperar y la policía científica británica tuvo que aumentar de seis a 10 los RFLPs analizados. A fecha de hoy, nadie pone en duda que el estudio del ADN ha supuesto un gran paso de gigante en la investigación médico-forense: resolución de conflictos de paternidad, asesinatos y delitos sexuales, e identificación de restos cadavéricos –por ejemplo, los restos del zar Nicolás II de Rusia y su familia– o personas desaparecidas, como sucedió en Argentina con los niños desaparecidos durante la dictadura militar, los asesinados por la dictadura de Pinochet, en Chile, y los fallecidos en México durante la represión de 1968. Cuando los proyectiles coinciden
 
Para hacerse con una bala y recoger los residuos dejados por el impacto, un policía dispara la pistola contra una caja rellena de algodón. En el laboratorio de balística, la superficie del proyectil es escaneada y procesada en un ordenador, para su comparación con la extraída de un cadáver.
 
El uso de la tecnología genética desata serios conflictos bioéticos
 
Ahora bien, el empleo de esta tecnología genética ha suscitado ciertos conflictos bioéticos. Sin ir más lejos, numerosas voces críticas se han alzado en contra de la pretensión del Gobierno británico de ampliar la base de datos genéticos a 3,5 millones de huellas en los próximos tres años, mediante el registro y almacenamiento indefinidamente del perfil genético de los arrestados, aunque se acredite su inocencia. Incluso el propio Jeffreys se ha mostrado escandalizado ante esta iniciativa policial: “Me opongo totalmente. Es discriminatoria e inconsistente con el derecho a la privacidad.” En España y otros países europeos, por fortuna, las pruebas de ADN únicamente se aplican a las personas con graves y fundadas acusaciones.
 
Ahora bien, no siempre aparecen en la escena del crimen evidencias biológicas de las que rescatar la molécula chivata. Esto ocurre con una frecuencia indeseable en los casos de agresión sexual. Para identificar el semen recogido del cuerpo de la víctima o en el lugar del asalto, el forense realiza una serie de pruebas de laboratorio, como son el estudio bajo la luz del microscopio de los espermatozoides y la detección de fosfatasa ácida y antígenos específicos de la próstata (PSA). Estas sustancias omnipresentes en el líquido seminal permiten a la policía constatar que realmente se ha producido una eyaculación. La firma del psicópata
 
Un forense reconstruye en un maniquí las trayectorias de las balas para esclarecer un asesinato. A la izquierda, los sistemas informáticos salen en auxilio de los grafólogos, que son incluso capaces de establecer la personalidad criminal de un individuo a través de su escritura.
 
A veces, demostrar que una mujer ha sido violada no resulta sencillo. Esto es así debido a muchos factores, como que el agresor no deja ningún rastro de semen, porque no eyacula o utiliza un preservativo; porque la víctima está menstruando o porque la agresión es ejecutada por vía anal u oral.
 
Los restos de células epidémicas delatan a su dueño
 
Con el fin de afrontar estas limitaciones, algunos forenses han puesto los ojos en el cromosoma sexual masculino, esto es, en el Y. Durante el asalto, el violador normalmente pierde restos de células epidérmicas que portan el preciado fragmento genético. Para revelar su presencia, los forenses sólo necesitan que exista una célula masculina entre 5.000 femeninas. Philippe de Mazancourt y sus colegas del Hospital Raymond Poincaré, en Graches (Francia) han usado este novedoso test para examinar a 79 mujeres que denunciaron ser víctimas de una agresión sexual. Los resultados del estudio han aparecido publicados en la revista Forensic Science International del mes de marzo: los investigadores encontraron fragmentos del cromosoma Y en el 30% de los casos en que las pruebas estándar de detección de semen habían arrojado un resultado negativo.
 
No cabe duda de que los crímenes sexuales se hallan entre los delitos más difíciles de resolver. En ocasiones, el avanzado estado de descomposición del cuerpo hace prácticamente imposible saber si la víctima fue agredida sexualmente antes de fallecer, un detalle importante para conocer el modus operandi del autor. Este escollo en la investigación está a punto de ser resuelto. Los forenses comienzan a sonsacar información a los insectos que colonizan el cadáver. James Michael Clery, investigador del departamento de Zoología y Entomología de la Universidad de Rhodes, en Sudáfrica, está convencido de que la fauna cadavérica puede ayudar a la policía a atrapar al violador. ¿Pero cómo?
Clery ha reproducido en su laboratorio lo que acontece después de un asesinato sexual. En un recipiente relleno con un sustrato a base de hígado, el biólogo añadió unas gotitas de líquido seminal y puso sobre éstas unos huevos de mosca corómida verde (Lucilia sericata), díptero que se cuenta entre los primeros insectos que infestan el cadáver. Esperó a que los huevos eclosionaran y dejó que las larvas se alimentaran entre 48 y 145 horas. Luego, tomó algunas de ellas para someterlas a diferentes análisis. El resultado: todas las larvas de seis días tenían rastros de P30, una proteína exclusiva del semen humano.
 
 
Las moscas se convierten en confidentes de la policía.
 
El joven Clery es uno de los 63 profesionales que se dedican a la entomología forense en el mundo. Las moscas, escarabajos, arañas y otras criaturas que se alimentan de la carroña, conocida como fauna cadavérica o escuadras de la muerte, son unos auténticos confidentes de la policía. De hecho, han ayudado a resolver numerosos casos criminales, sobre todo en la determinación de la hora de la muerte y de confirmar si el cadáver fue trasladado o movido de sitio en algún momento. Desde hace tiempo, los científicos saben que se puede establecer una relación entre los ciclos biológicos de los insectos –huevo, larva, pupa o crisálida y adulto– con las etapas de descomposición cadavérica. Además, en cada una de ellas aparece una fauna diferente. Por ejemplo, las moscas del género Calliphora y Sarcophaga son las primeras en aparecer, mientras que la polilla Aglossa pinguinalis y el coleóptero Dermestes no se unen al festín hasta la fermentación butírica, que ocurre al cabo de 10 meses del fallecimiento. Así, los forenses cuentan con un reloj que permite aproximarse a la hora de la muerte. Habla, bicho
El estudio y cría de los insectos encontrados en la escena del crimen (izquierda) permiten establecer la hora de la muerte, así como conocer si el cadáver ha sido movido. Una docena de especies de insectos componen la fauna necrófila. Se conocen también como escuadras de la muerte, pues se suceden durante la descomposición del cadáver. A la derecha, el “Hister cadaverine”, escarabajo que invade los cadáveres –según las condiciones ambientales– de 24 a 48 meses después de la muerte.
 
Hoy, no es extraño encontrar en la escena del crimen a un entomólogo guardando insectos en botes, como tampoco lo es toparse con un botánico. Hojas muertas, restos de aserrín, granos de polen susurran al botánico forense pormenores del delito. Gracias a los granos de polen y restos de hojas pegados en el barro de los neumáticos del coche de Eileen y Serrick Severs, que habían desaparecido misteriosamente, el botánico Tony Brown, de la Universidad Elxter, dio con el paradero de los cuerpos e identificó al autor del parricidio: su hijo Roger. Inculpación por los nervios
 
Un entomólogo recoge insectos en las cercanías del escenario de un crimen. A la derecha, la comparación de las nerviaciones de las hojas posibilitó que la botánica Michèle Lescot resolviera el asesinato de un anciano en Grenoble (Francia). 

México, hora del centro
 
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